Tenía pocos años,
ocho, nueve, tal vez diez.
No recuerdo mis manos,
ni si llevaba el pelo suelto,
o si estaba descalza.
No recuerdo los gritos
ni las lágrimas.
Pero recuerdo el vestido.
Amarillo, verde y blanco,
de nylon traído de Barcelona.
El autobús de las siete
se llevó los amigos,
vació las calles y las casas
y las escuelas,
pero luego nos los devolvió
como a extraños,
con sus telas nuevas
y el relato de las fábricas
y de la avaricia.
El vestido era bonito
pero mi piernas eran menudas
y mis ojos estaban tristes
En el cielo azulísimo
los pájaros del verano
se negaban a respirar.
Me faltaba el aire,
estaba a punto de llorar
y entonces alguien
habló de mi desamparo.
Qué bonita palabra,
fui feliz de estar allí,
tan indefensa, tan frágil.
Me gustó la decadencia
de nuestras vidas.
Alguien nos había nombrado
como a los personajes
de una bella historia.
sábado, 20 de junio de 2020
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